Fotos: Nicole A. Klinckwort
Texto: Uili Damage

 

Hay un cruce en donde se encuentran el huapango y el klezmer; Roy Orbison y el blues más dulce de Los Lobos. Ese cruce se llama Andrew Bird. Un músico inquieto, por no decir nervioso, al grado de que ficha como músico de sesión -como en sus años al servicio de Squirrel Nut Zippers-; como líder de grupo -como en el Bowl of Fire y como Andrew Bird a secas- y como científico loco, solitario y empedernido hombre orquesta.

Esta última, es la configuración que recién hizo acto de presencia en el Teatro de la Ciudad, del Distrito Federal, como parte de las celebraciones del Festival de la Ciudad de México, el FMX.

Como buen caballero, cedió el turno inicial de la presentación a una artista tan poco convencional como él: Zoë Keating, de cuna canadiense y residencia californiana, cellista y arreglista de bandas como Imogen Heap, Mark Isham, Curt Smith, Amanda Palmer, DJ Shadow, Rasputina, Pomplamoose y Paolo Nutini, quien se trajo a cuestas un enorme cello, una pedalera de efectos, una laptop, un bebé de 10 meses y a su marido (estos últimos, encargados de la vendimia de memorabilia de Zoë).

Zoë Keating

Con un gusto impecable y una destreza sorprendente, la mujer graba en la máquina lo que va tocando y dispara las pistas con los pies, con una sincronía fantástica que recrea una orquesta de cuerdas colorida y conmovedora.

Con un repertorio breve y conciso, la dama realizó sus mejores cabriolas sonoras y antes de aburrir, dejó al público a merced del estelar.

 

 

 

 

 

Andrew Bird

 

La configuración no cambió radicalmente al llegar Bird a las tablas: el sampler a los pies para crear capas de sonido, un violín a cambio del cello y un xilófono y una guitarra acústica reemplazando la computadora.

Sin embargo, en pocos temas se hizo notar que se trataría de un paseo por los 3 estilos que Bird domina: los elementos gitanos, el blues amable y un muy peculiar acercamiento al sonido pastoral que patentó la Penguin Cafe Orchestra de Simon Jeffes.

En cuanto a la voz, si uno cerraba los ojos podía escuchar el casi-yodelling de Roy Orbison, la dulzura bluesera del David Hidalgo de Los Lobos y finalmente, a un carismático y muy dotado cantante llamado Andrew Bird.

 

 

Como cereza del pastel, en más de una canción hizo gala de su noble título de “Silbador Profesional”, dejándose corear por los ensoñadores tonos del xilófono, mientras en el fondo se repetía incesantemente una figura luminosa de violín, voz o guitarra…

Sin reducir al Bird a una experiencia efectista, predecible ni convencional, atestiguamos el papel preponderante del violín durante el transcurso de los temas, causando un enorme sentido de convivencia íntima y familiar, completamente al servicio de la construcción de canciones en toda la extensión.

 

 

 

Es una pena que el de estos talentos, sea un espectáculo confinado a un festival cultural, siendo un par de actos ávidos de oídos exploradores, tanto como de oídos transeúntes y sin compromiso.

Lo que sí debemos agradecer es la voluntad de la organización de presentar a un artista tan diestro en medio de un huracán de buenas presentaciones en la capital.

 

 

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